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39. Jazzaldia (24-29 julio 2003)
El
39º Festival se presentaba bajo la pancarta de la variedad musical.
Los músicos procedían de más de veinte países
distintos y constituían un auténtico mapamundi artístico.
Junto al jazz, en sus vertientes clásica y contemporánea,
numerosas músicas étnicas (africana, brasileña,
latina, india) encontraron su hueco en la programación, en una
auténtica muestra de pluralismo cultural.
Fue Carlinhos Brown
el que más expectación despertó, y su concierto
en la Plaza de la Trinidad fue, efectivamente, una gran fiesta, con
3.500 personas entregadas a la simpatía y el ritmo del músico
de Bahía y sus acompañantes. La responsabilidad de cubrir
la primera parte recayó en Javier Colina Combo, que con su música
afrocubana consiguió mantener contento al respetable hasta la
aparición de Carlinhos.
Lo sucedido en el entorno del Centro Kursaal desbordó todas las previsiones.
El viernes, en el Jazz Band Ball inaugural, un gentío enorme se desparramó por
los distintos escenarios instalados en las terrazas y en la playa, en una jornada
de auténtico encuentro social. Atomic, el quinteto formado por suecos
y noruegos, logró la unanimidad elogiosa de los críticos y se convirtió en
el triunfador artístico de la noche, aunque el héroe popular fue
el nigeriano Femi Kuti, hijo del legendario Fela, que puso a bailar a la playa
ya de madrugada. Como de costumbre, todas las personas que pasaron por allí encontraron
su música: el jazz latino de Danilo Pérez, la fusión afrojazzística
de Kora Jazz Trio, la cantante revelación Rebekka Bakken o el soul funky
de Roy Ayers.
El Auditorio del Kursaal se confirmó como un escenario extraordinario,
con una acústica y una visibilidad soberbias. Allí, el Art Ensemble
of Chicago reiteró su propuesta de free jazz homenajeando a Lester Bowie
y Malachi Favors, dos de sus fundadores ya desaparecidos; Jan Garbarek ofreció un
concierto bello, recreándose en la pureza de cada nota, con un sonido
perfecto; The Manhattan Transfer demostró que siguen siendo el grupo vocal
por excelencia, con su habitual profesionalidad y su gran tirón de público;
Rickie Lee Jones se mantuvo fiel a su personalísimo estilo; y Shirley
Horn dejó constancia de que es una de las últimas grandes damas
del jazz.
Shirley Horn recibió, precisamente, uno de los dos premios Donostiako
Jazzaldia de esta edición. El otro fue para el cineasta y productor discográfico
Fernando Trueba, al que se le reconoció su intensa labor de promoción
del jazz latino.
Los restantes conciertos de la Plaza de la Trinidad tuvieron como protagonistas
a John Scofield, uno de los principales guitarristas actuales, en formato de
trío; al trompetista noruego Nils Petter Molvaer, el padre del electrojazz;
John McLaughlin & Shakti, con esa interesante visión del jazz a través
de los músicos y los instrumentos de la India; el contrabajista checo
Miroslav Vitous; el cantante, organista y guitarrista Steve Winwood, que basó la
mayor parte de su concierto en repertorio de la época de Traffic; las
seis cantantes agrupadas en el espectáculo Daughters of Soul; y el fin
de fiesta caribeño, con un Cachao pletórico a sus 86 años
y una Spanish Harlem Orchestra que reunía a algunos de los mejores músicos
latinos con el refuerzo del popular cantante panameño Rubén Blades.
El Festival organizó un club de jazz, el Heineken Jazz Club, en la zona
de congresos del Centro Kursaal. Su programación estuvo dedicada al contrabajo.
Si otros años se había programado un ciclo integral de un músico
(Uri Caine, Dave Douglas), en esta ocasión fue un instrumento el protagonista
del ciclo. Cuatro grandes contrabajistas (Gonzalo Tejada, David Mengual, Baldo
Martínez y Henri Texier) actuaron con sus respectivos grupos en ese recinto,
preparado para la ocasión a la manera de un club, con veladores y una
iluminación adecuada en penumbra.
De los numerosos conciertos gratuitos (dos tercios del total de los programados)
que se celebraron en el entorno del Kursaal, con un constante trasiego de gente,
la crítica y el público coincidieron en ensalzar los dos de los
brasileños Zuco 103, el de Hadouk Trio, con su música impregnada
de esencias orientales, los dos de Ximo Tebar-Joey DeFrancesco, con toda la potencia
del órgano Hammond, también los dos de Alvin Queen & Organics,
donde el hábil batería dejó sentada no sólo su categoría
de instrumentista, sino también como líder de una extraordinaria
banda, el del innovador y vitalista pianista Robert Glasper y la apoteosis de
los tres conciertos que ofrecieron los ya citados Atomic.
El cartel del 39º Festival era atrayente a primera vista y el ambiente previo
era favorable. Sólo faltaba que el tiempo acompañase para batir
todos los récords, y acompañó: no llovió en ninguna
de las seis jornadas (salvo un pequeño chaparrón que refrescó el
ambiente en el concierto de Rubén Blades), algo que no había sucedido
desde hacía bastantes años. Así que se rompieron las marcas:
la asistencia se cifró en 68.500 personas.
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